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La herencia del amor

¿Qué hemos alcanzado a heredar del amor, sino el odio? Tanto amores superficiales, intermedios, como finalmente profundos, nos dejan el testamento fuera de nuestras puertas a pocas semanas de su ruptura, de las extinguidas cenizas que quedan luego del olvido, de aquél intento por la comprensión de algo que jamás llegaremos a comprender. El amor por la humanidad, el amor por si mismo, el amor tal como es permite la libre interpretación de este, y así como el concepto de amor que tengo no es el mismo que tienes tú, se tiende a malinterpretar, permitiendo que el amor se sumerja en aguas turbias y profundas donde no puede salir nada más que obscuridad, o en este caso —en mi caso, el que expondré de ahora en adelante que odio. Como el amor no es una formula matemática ni es algo tangible, pues amor más amor no es igual a dos, tiende a perderse entre la escaramuza del mal-entendimiento. Basta con leer un poco de historia o ver un par de documentales para ser testigos de lo que les acabo de decir. El amor, con sus eternos matices, se confunde, se desenfoca dentro de nuestra cámara y avanza así por un camino donde no existe retorno cuando se llega hasta el odio. Odio y amor no son más que la misma cara de una moneda, la cual no hacemos girar entre nuestros dedos pues es precisamente esa cara la que nos embelesa y nos cautiva. El amor es difícil de olvidar, y su herencia se rige directamente por el nivel de odio que alcanza tal amor. Hablo de un capullo que libera a una hermosa flor. A veces es el amor que emerge de él, otras, es el odio... no obstante, ambas flores son igual de hermosas y llamativas, pues tienen el mismo origen. Amor y odio, unidos como uno solo. Quizás piensen que estoy loco por hablar de todo esto y afirmar todo lo anterior, pero es comprensible. Si la filosofía nos ha enseñado algo, es que no existen verdades absolutas, solo interpretaciones de preguntas que enraman un sinfín de respuestas.

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